Yo no quiero ser de esta generación

Soy de la que llaman la generación más preparada de la historia. La que ha tenido acceso a una educación pública libre y gratuita que ni siquiera sus padres pudieron tener. Dicen que fueron muchos años de lucha hasta llegar a lograr que todos los niños tuviésemos una educación digna e igualitaria para todos y no sólo para los que tuviesen una familia con poderío económico.

Soy de la generación en la que los jóvenes, en verano, se iban a Inglaterra para mejorar el inglés porque habían comprendido que aprender idiomas les derribaba barreras, tanto laborales como sociales. Habíamos entendido que la diversidad cultural te ayudaba a ser mejor persona y que conocer otras costumbres y pensamientos te ayudaba a crearte tu propia opinión y tu personalidad.

Me vendieron hasta la saciedad que la Universidad era la puerta al paraíso laboral. Que podías tener un trabajo si dejabas de estudiar, pero que si seguías un paso allá, podrías aspirar a metas más altas. A cualquiera que te marcaras. Que si querías llegar lejos, podías hacerlo. Nos dijeron que con el estudio y el trabajo podríamos llegar donde quisiéramos y que lo único que teníamos que hacer era ser constantes y estudiar mucho. Que daban igual tus orígenes porque tendría todas las facilidades del mundo. Porque habíamos logrado una sociedad del bienestar idónea.

Me prometieron el oro y el moro. Y yo firmé sin pensarlo. Sin leer la letra pequeña. Esa que decía que había unos señores con derecho a hipotecar nuestros sueños, a especular con nuestros derechos y a jugar con nuestras ilusiones. Y que si se equivocaban en sus decisiones, pagaríamos todos.

Así que ahora, al igual que muchos de mi generación, los que nacimos en los ochenta, me encuentro con una titulación bajo el brazo, un currículum más que aceptable, unos conocimientos multidisciplinares y continuamente renovados y me dicen que no vale. Que lo sienten mucho pero que  no hay sitio para todos. Y dicen que somos una generación perdida y sobrecualificada. ¿En qué quedamos?

Ahora resulta que toda esa formación que nos vendieron como lo mejor del mundo sobra. Porque los mercados dictan que no es más válido el que más sabe sino el que menos cuesta. Y paradójicamente, el conocimiento y la especialización cuestan dinero. En ningún momento del contrato especificaron que se iba a preferir al becario al profesional. Y que esos puestos, supuestamente de aprendizaje, iban a ser contratos encadenados eternamente. En ningún momento nos dijeron que el trabajo, ese que dignificaba a la persona y que todos soñábamos con lograr, se iba a convertir en algo que íbamos a acabar odiando por las condiciones que se imponen.

¿Quién responde ahora de todo eso? ¿Por qué nadie se hace cargo de la situación a la que hemos llegado y que nos afecta a una generación que no pudo decidir nada de lo que ahora tiene que sufrir? Llámalo pataleo. Llámalo como quieras. Pero a mí me contaron un cuento y yo me lo creí. Porque era tan real que no podía ser mentira.


¡Comparte si te gusta!
ESCRITO POR Marina Montes

Periodista, apasionada de la web 2.0, intento de community manager. Bloguera, lectora y enganchada a las nuevas tecnologías. Un poco friki y un mucho geek. Colaboro en Frikarte y Revista Wego escribiendo sobre series de televisión.

Sígueme en Twitter | Facebook | Linkedin | Google+

No hay comentarios

No hay comentarios :

Publicar un comentario en la entrada

Valoro la aportación de nuevas informaciones y los enlaces con información relevante, pero no el spam. Todos los comentarios que no se atengan a esta norma serán eliminados.